sábado, 17 de septiembre de 2016

Mad Max and the Fiat 600

Por razones que aun desconozco y que ya poco importa, me encuentro en el principio del apocalipsis en la ciudad de Hurlingham. La gente corre de lado a lado y yo aun no entiendo si el problema son zombies o algo aún mas bizarro, cuestión es que como en todo apocalipsis, solo hay una cosa por hacer: Correr. 
De la nada aparece mi familia, mis viejos y mis hermanos y para hacer de la tarea de escape aún mas difícil, mi sobrinita. Puta madre... puta madre... Encima de que se me viene el apocalipsis encima me toca hacerme cargo de toda la familia! Cuestión es que el problema se materializa en forma de catástrofe natural y desde lejos veo que se viene un tsunami arrastrando media ciudad con él. Nuevamente, la gente corre desesperada y yo me encuentro un Fiat 600. "Con este nos salvamos"pienso y meto a toda mi familia en el auto (No me preguntes como, pero recline los asientos delanteros del 600 y adentro iba metiendo a todo el mundo). Mi viejo se mandó primero (atrás) y ocupaba casi la mitad del autito, así que lo saque y le dije: No viejo, esa panza tiene que ir del acompañante.
Meto primera, segunda, tercera y el autito sale escupido como una bala. Por el retrovisor veo que el tsunami se acerca y pienso que el 600 no fue una buena elección (ojo capaz que si no iba tan cargado iba más rápido). El agua nos empieza a besar el culo y con lo poco que nos queda decido doblar en una esquina para salvarnos (Quizás habré visto muchas películas de acción y algo en mi interior me dijo, dobla que así es como zafas de un tsunami. Cuestión es que eso solo funciona en Hollywood, ni tu subconsciente se la cree). Al pedo doble, el tsunami nos pegó de lleno en el costado izquierdo, el auto volcó y ahora tenía que sacar a toda mi familia de un 600 antes de que mueran ahogados... y sabes qué? Lo hice porque soy bien poronga. Salve a todos.
Ahora estábamos todos mojados, con el Fiat hecho percha porque le entro agua por el escape y la ciudad estaba devastada. No había un alma por la calle, pero la cosa se iba a poner fea porque tantas películas y series post-apocalípticas me enseñaron algo: No confíes en nadie. 
Sabíamos que el autito era nuestra única salvación, teníamos que repararlo y tomarnos el palo de la ciudad porque si no, nos iban a hacer teta (quién? no se). Elegimos una casita abandonada a modo de base, la idea era descansar y tratar de reparar el auto. Adentro de la casa mi vieja y mis hermanas contaban las provisiones, mi hermanito hacia guardia y con mi hermano intentábamos reparar el auto. Mi viejo, de brazos cruzados como de costumbre. En una de esas aparece un pibe (era un guacho, 17 años tendría) y nos intenta zarpar el 600. Con mis hermanos lo paramos en seco y le advertimos que se tome el palo. El guacho, no solo hace oídos sordos a nuestra advertencia si no que nos intenta zarpar el auto de vuelta. Ahí mismo lo bajamos de una trompada y lo tomamos de rehén. Nuevamente, le advierto que se tome el palo, que es la única oportunidad que le vamos a dar. El pibe nos amenaza, nos dice que va a venir con su grupo y nos van a hacer mierda. En ese mismo instante por mi mente pasa una sola cosa: La imagen de mi sobrina jugando dentro de la casa. Le digo a mis hermanos agárrenlo bien y lo empiezo a cagar a trompadas violentamente (A lo American History X). En lo más profundo de mi ser rechazo lo que estoy haciendo, pero es él o mi sobrina. Así que le sigo dando hasta que solo le quedan unos pocos dientes y la cara queda irreconocible. El pobre pibe queda imposibilitado pero así y todo es corajudo, intenta agarrar su walkie talkie para llamar a su grupo. Le digo: no pibe y lo desconecto (Acá, la cosa se pone media sci-fi. Le corto una especie de cable que le da energía. Básicamente, el pibe pasa a ser una especie de cyborg y lo desenchufo. No obstante, decido conservarlo en una mochila por si nos arrepentimos).
Sabiendo que su grupo podía estar cerca y que no iban a tardar en empezar a buscarlo, le digo a toda mía familia que levanten campamento. Nos tenemos que ir. Con mis hermanos, los únicos consientes del peligro inminente, nos ponemos a trabajar en el auto e intentar, por milagro, repararlo antes del desastre. Desgraciadamente, mi familia no toma en serio mi aviso y en una de esas cae un hombre. Esta vez, nos toca un tipo amable y tranquilo. Nos dice que está buscando a su hermano y nos pregunta si lo hemos visto.
Mis hermanos me observan, listos para abalanzarse sobre el tipo a mi orden. Por mi mente se me vuelve a aparecer la imagen de mi sobrina pero en los más profundo de mi ser rechazo el lado animal que minutos antes libere. Me consuelo pensando que quizás el tipo pueda entender que actuamos en nuestra defensa y así volver a ser humanos capaces de perdonar, pero entonces recuerdo la única regla importante en un mundo como este: No confíes en nadie. Y me despierto.

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